miércoles, 6 de febrero de 2008

En nombre del Dios vengador

En Estados Unidos, salir de las grandes urbes significa entrar en el desasosegante reino de Dios. La sensación es particularmente intensa en lugares como Tejas o Colorado, donde sus áreas suburbanas consisten en un denso paisaje de autopistas flanqueadas por hileras interminables de iglesias evangelistas -abundan más que los establecimientos de comida basura, que son multitud- desde las que se lanzan mensajes apocalípticos como El fin está cerca o Arrepiéntete, Dios te llama.

En ese contexto creció Matthew Murray, el joven responsable de la matanza de feligreses en una iglesia y en un centro de jóvenes cristianos en Colorado Springs y Arvada (Colorado) hace una semana. Mató a cuatro personas y se suicidó, no sin antes dejar un reguero de mensajes amenazadores online contra la estricta religión en la que fue educado.

Murray era un cristiano renacido evangelista. Dentro de esa denominación entran unos setenta millones de estadounidenses, según el último censo. Aunque hay pequeños matices entre baptistas, miembros de las Asambleas de Dios o pentecostales, su visión del mundo es, en general, muy conservadora: rechazan el aborto, atacan la homosexualidad, condenan el sexo antes del matrimonio, niegan las teorías de la evolución y abogan por la rigidez moral haciendo primar esa visión en sus decisiones electorales.

Su peso político fue clave para le reelección en 2004 de George Bush, perteneciente a la misma religión. De ahí que los actuales candidatos se disputen con fuerza su voto con vistas a 2008. Sin embargo, la mala gestión de la guerra de Irak, el desastre de Nueva Orleans y los abusos humanitarios y legales perpetrados por la Administración de Bush han resquebrajado la cohesión política de este grupo, que ya no tiene tan claras que sus prioridades electorales sean votar republicano.

No obstante, para el sector más fundamentalista de los cristianos renacidos, al que pertenecía Murray y contra el que se rebeló antes de enloquecer, asesinar y suicidarse, la defensa de ciertos valores morales parece seguir siendo el eje central de su discurso, y entre sus armas para hacer frente a la decadencia cultural destaca el fenómeno de las Hell Houses, tan popular en Tejas como en Colorado. Se trata de la versión cristiana de las tradicionales casas del terror, esos montajes teatrales donde el conde Drácula y el hombre lobo matan de susto a los visitantes coincidiendo con la fiesta de Halloween.

En pueblos como Cedar Hill (Dallas), cada año desde hace 17, a los pies de la iglesia Trinity Church, los adolescentes de esa comunidad no se transforman en monstruos tradicionales, sino en padres que violan a sus hijas, en jóvenes que abortan y mueren desangradas y en niños enloquecidos que disparan contra sus propios compañeros de colegio.

Entre 100 y 200 parroquias construyen su versión de la Hell House anualmente -incluso se vende un kit de instrucciones por Internet precisamente desde Colorado Springs- aunque la más veterana es la de Trinity Church, principado del pastor Tim Ferguson y por donde pasan, en apenas quince días, unas 10.000 personas.

La temática tradicional de las casas del terror es sustituida por escenas de la vida real pasadas por un filtro bíblico: abortar es sinónimo de morir en la camilla; tomar drogas significa ir al infierno, y como cualquier estudiante puede perder los nervios y matar a sus compañeros de clase como ocurrió en la Columbine High School, hay que ser creyente, no vaya a ser que te peguen un tiro y aunque seas inocente te quemes en el infierno.

Al final de este viaje hardcore, el visitante se asoma al cielo, se pasea por el infierno y finalmente le llega la oportunidad de redención: uno de los pastores de Trinity Church invita a los asistentes a entrar a rezar en una sala y salvarse, o a escoger la puerta de los pecadores. El grupo de treinta personas con el que entró EL PAÍS corrió en masa después a la sala de rezos. Según Trinity Church, el 60% de los visitantes que no son evangelistas -una minoría- acaban convirtiéndose a esa religión.

"La Hell House te abre los ojos. Es una experiencia muy intensa, te muestra la realidad y te recuerda que hay que estar preparados. Nunca se sabe cuándo te va a llegar tu hora". Melissa Ramirez, de 23 años y de origen mexicano, se educó en una familia católica, pero se salvó en su adolescencia y hoy es una de las jóvenes que ayudan en la organización de la Hell House de Trinity Church, en la que se han invertido casi 40.000 dólares.

Decenas de minibuses se acercan al caer la tarde hasta allí previo pago de diez dólares por persona. Hay gente de todas las edades, incluso niños de seis años que recibirán una dosis de 45 minutos de sangre y violencia sólo comparable a una película gore. "Mostrarles violencia es bueno para ellos. Son escenas sacadas de la realidad. Muchos la sufren en sus casas o la reciben a través de la televisión. Al menos aquí hay un mensaje: ven las consecuencias de situaciones reales y aprenden a evitarlas", sostiene el pastor Brown, que ha venido de una parroquia cercana con un grupo de adolescentes de entre 12 y 14 años.

Entre las estudiantes que le acompañan está Chastity Carter, una afroamericana menuda con rostro de niña y curvas de mujer que tras el viaje se declara "muy asustada". "Tengo que ser mejor persona. No quiero que estas cosas que he visto me pasen a mí. No quiero ir al infierno, tiene una pinta horrible. Prefiero el cielo". Resulta difícil creer que con sólo doce años se sienta tan culpable. Incluso se le han escapado algunas lágrimas de angustia en escenas como la del aborto. Pero ése es precisamente el efecto que buscan las Hell Houses.

El miedo es una de las herramientas mejor utilizadas por el ala más conservadora de los evangelistas. "Nosotros nos limitamos a mostrar las consecuencias de nuestras elecciones. Pero ofrecemos la posibilidad de salvación", afirma el pastor Tim Ferguson, un hombre de rostro severo y discurso compacto que acusa a quienes no profesan su religión de no comprenderla. Pero resulta difícil no comparar su interpretación literal de la Biblia con la que los extremistas musulmanes hacen del Corán. "En el Nuevo Testamento está presente la pena de muerte. Dios mataba. Hay cosas muy radicales en la Biblia, no es todo paz y amor", afirma.

En la vida suburbial estadounidense, donde la oferta de ocio se limita a los centros comerciales, las iglesias son el epicentro de la vida social tanto para adultos como para jóvenes. No sólo hay misa: hay grupos de estudio, de apoyo a familias en crisis, librería, cafetería, guardería, y los valores cristianos lo impregnan todo. En parroquias como la de Trinity Church, los jóvenes aprenden a cambiar de canal si hay una escena de sexo en televisión y a evitar música con letras profanas como las de The Rolling Stones. La presión es muy fuerte y no todos son capaces de soportarlo. Matthew Murray, el asesino de Colorado Springs, perdió la cabeza en el intento.

Vía: ElPais.com

domingo, 3 de febrero de 2008

EEUU suma la última víctima de las Torres Gemelas, seis años después de los ataques

Sneha Anne Philip, una doctora india de 31 años, salió de casa la tarde del 10 de septiembre de 2001 para comprar zapatos y lencería en un comercio muy cercano al World Trade Center. Nadie la volvió a ver.

Su marido, Ronald Lieberman, cree que pasó la noche fuera de casa y la mañana del 11 de septiembre falleció como consecuencia de los ataques terroristas. Tras esa fecha no volvió a dar señales de vida, se dejó el pasaporte en casa y nadie volvió a usar sus tarjetas de crédito. Pero la justicia ha tardado seis años y medio en reconocerlo.

Sneha fue declarada oficialmente fallecida en el año 2004 pero, dos años después, un juzgado de Manhattan rechazó su inclusión en la lista de víctimas mortales de los ataques contra las Torres Gemelas, informa la agencia AP.

Sin embargo, la Corte Suprema de Apelaciones rechazó el pasado jueves este extremo: "Las evidencias muestran que es altamente probable que muriera aquella mañana en el lugar", reza la sentencia que sirve para escribir su nombre como la última víctima de los atentados terroristas.

"Estoy 100% seguro de que pereció en el World Trade Center," dice el padre de la víctima, Philip K. Sneha había explicado a su madre días atrás que tenía intención de visitar un restaurante ubicado en la Torre Norte.

Sus padres no creen que su hija huyera de casa, pese a que en la fecha de su desaparición pasaba por un mal momento en su matrimonio y muchas noches volvía a casa entre las 7.00 y las 9.00 de la mañana siguiente, según explicó a los tribunales el abogado de su marido.

Incluso el propio Lieberman le llegó a acusar de pasar las noches en compañías de extraños y de mantener relaciones con personas de su mismo sexo, motivos por los cuales los tribunales la excluyeron de la lista, debido a que encontraron probable de que hubiera huído o sido víctima de un homicidio.

Ahora, Sneha A. Philip es la víctima mortal número 2.750 de los atentados terroristas. "No tenemos todas las pruebas. Pero con toda la información que tenemos, en la explicación más probable", aventura el hermano de la fallecida.

viernes, 1 de febrero de 2008

El secreto de las prostitutas de Kenia

El nuevo hito de la lucha contra la infección por el VIH (el virus que causa el sida) viene de África. Los científicos descubrieron en 1994 que un grupo de prostitutas de Nairobi, que tenían varias relaciones sexuales de riesgo al día, no se infectaban. Pero no sabían por qué. La solución al enigma ha llegado ahora a España en forma de pastilla: una nueva familia de fármacos que servirá para tratar a las personas en las que han fracasado los antivirales existentes.

La causa del comportamiento del virus está en que esas mujeres tienen una mutación genética que hace que les falte una proteína, la CCR5. Esta molécula es clave para que el VIH se una a os linfocitos y los ataque. Si las prostitutas africanas que no tenían la CCR5 se libraban del virus, ¿cómo imitar ese comportamiento en otras personas? La solución es bloquear estas proteínas.

El resultado es un fármaco, el maraviroc de Pfizer; el primero de los bloqueantes de la CCR5. "Se trata de una revolución comparable a la terapia combinada de 1995", dijo ayer Santiago Moreno, del Hospital Ramón y Cajal de Madrid. Por primera vez un fármaco actúa antes de que el VIH entre en los linfocitos que parasita. De esta manera, se espera que apenas haya efectos secundarios. De momento, sólo las personas que tienen un virus resistente a las otras familias de medicamentos serán tratadas, y, dentro de ellas, las que tengan un virus que use el CCR5. En total, unas 1.500 personas en España para empezar, calcula el laboratorio, que cobrará 9.700 euros al año por el tratamiento.

Un precio -el más barato de Europa- que deja fuera a la mayoría de la población mundial, incluidas las mujeres africanas que dieron la pista. Ellas, tendrán que usar, de momento, fármacos más antiguos.

Vía: El País